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POEMA

Las Damas

Juan Carlos Mieses

1947

Una calle, 
Piedra, nombres y olvido. 
Restauradas palomas y murallas. 
Un viejo reloj de sol contra el oriente Que no marca la hora de grúas y sirenas Sino aquella olvidada 
Cuando la aguja férrea marcó el coral  Como una daga negra. 
Calle ajena a los reclamos del presente Lejana a las pisadas cotidianas 
Abierta al horizonte 
Desde un eco de sedas y redobles. 
Calle que huele todavía 
A bendecidas iniquidades y a caballos. Calle de asombradas lunas y pañuelos De promesas sangrientas en capillas privadas Y dioses sin aliento. 
Pétreo rumor de oraciones y sentencias En nombre de unos reyes 
Que no vieron el sol de las Antillas 
Sino por el fulgor de las miradas 
Que miraron el oro del Caribe. 
Calle marina de sudores 
Donde la piedra es vestigio de sagas 
De destellos del sol en armaduras 
De fortunas relucientes 
De bárbaros señores 
Y de esclavos sedientos  
De tumbas, ornamentos  
Y feroces galeras. 
Secular compañera del Ozama 
Que parece dormir bajo las lilas, 
Obligado cómplice de quienes fueron Forjadores de sueños 
Y dueños del destino, 
Aguerridos jinetes de un dios de sangre y fuego  Que prometieron doblegar el mundo Aunque se pierda el alma en el empeño. Calle que es huella de espadas 
Y testigo de esmeraldas bandadas 
Sobre las ceibas. 
Calle que guarda la memoria sagitaria De fantasmas corceles y jinetes 
Que surcan sobre el agua 
Un ayer de pasiones nunca muertas  
Hacia la lejanía de las palmeras.

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