Bohíos y caneyes, claves de la arquitectura taína y su legado cultural
Las viviendas indígenas expresaron organización social, espiritualidad y una relación armónica con el entorno caribeño.
La arquitectura taína no fue únicamente una respuesta práctica al clima tropical y a los recursos disponibles en el Caribe insular. Más bien, constituyó una manifestación profunda de la vida en comunidad, de la cosmovisión taína y de una organización social en la que naturaleza, espiritualidad y cotidianidad formaban un todo inseparable.
A través de los bohíos y caneyes —las principales unidades habitacionales de los yucayeques o aldeas— se estructuraron relaciones familiares, jerarquías de poder y prácticas culturales que, con el paso del tiempo, dejaron una huella persistente en la cultura taína y en la identidad dominicana.
Cuando los europeos arribaron a las Antillas a finales del siglo XV, uno de los aspectos que más llamó su atención fue la disposición de estas viviendas taínas. Cristóbal Colón, en el diario de su primer viaje, describió casas hechas de ramas y palma, amplias, limpias y bien cuidadas, sin un trazado urbano rígido pero organizadas de manera funcional.
Aquella observación inicial, lejos de ser anecdótica, revela el profundo conocimiento que los taínos poseían de su entorno y su capacidad para adaptarse a él sin alterar su equilibrio.
Aldeas para vivir juntos
En este contexto, los yucayeques se concebían como espacios de convivencia colectiva. No eran simples agrupaciones de casas, sino comunidades articuladas en torno a la familia extensa y al linaje, reflejo de la organización social taína.
Los bohíos taínos y los caneyes taínos funcionaban como viviendas comunales capaces de albergar entre quince y veinte personas, generalmente padres, hijos y parientes cercanos. De este modo, la arquitectura reforzaba los lazos familiares y garantizaba la transmisión de saberes y tradiciones.
De hecho, Colón dejó constancia de esta realidad al señalar que en aquellas casas “se acogen mucha gente en una sola, y deben ser parientes descendientes de uno solo”. Así, la vivienda adquiría un significado que trascendía lo material: era, al mismo tiempo, refugio, espacio de socialización y símbolo de pertenencia.
El bohío: habitar en equilibrio
El bohío, también conocido como eracra, fue la forma de vivienda más extendida dentro de la arquitectura indígena del Caribe. Su planta circular y su techo cónico no respondían solo a criterios estéticos, sino a un conocimiento profundo del entorno caribeño.
Construido con postes de madera enterrados en el suelo, un armazón ligero de andamios y amarres de bejucos o lianas, el bohío incorporaba soluciones prácticas que favorecían la vida cotidiana. Entre sus características más relevantes se encuentran:
- Forma circular que facilitaba la ventilación natural
- Techo cónico resistente a lluvias y vientos
- Respiradero superior para la salida del humo
- Espacio interior sin divisiones rígidasH2- El caney: autoridad, ritual y centralidad social
Este diseño fomentaba la convivencia y reflejaba una concepción igualitaria del habitar, propia de la vida comunitaria taína.
El caney: autoridad, ritual y centralidad social
En contraste con el bohío, el caney era la residencia del cacique y, por tanto, un espacio cargado de simbolismo político y espiritual. En ocasiones tenía planta rectangular, techo a dos aguas y una marquesina frontal que funcionaba como área de recepción.
Generalmente, se ubicaba frente al batey taíno o plaza central del poblado, lo que reforzaba su carácter de centro de autoridad.
No obstante, el caney no cumplía solo una función residencial. Con frecuencia, se convertía en espacio ceremonial y religioso, ya que en su interior se guardaban los cemíes o ídolos, vinculados a la espiritualidad taína.
El batey: centro de la vida social
El batey era la plaza central del yucayeque y el principal espacio de encuentro comunitario. Más que un área recreativa, funcionaba como núcleo social, ritual y sede de la autoridad del poblado.
Allí se realizaban actividades fundamentales para la vida taína: ceremonias religiosas, danzas colectivas (areítos), juegos de pelota y actos vinculados a la autoridad del cacique.
En el batey también se trasmitían las costumbres y tradiciones mediante cantos, relatos y representaciones. Era un espacio donde historia, mito y vida cotidiana se encontraban.
La disposición de los bohíos y del caney alrededor de esta plaza demuestra que no se trataba de un elemento secundario, sino del verdadero corazón del asentamiento taíno.
Dormir suspendidos en hamacas
Dentro de los bohíos, la vida cotidiana se organizaba en torno a las hamacas, elemento esencial del mobiliario taíno. Tejidas con algodón, magüey o fibras extraídas de la corteza del jagüey o majagua, las hamacas se suspendían del poste central y de los muros.
Al mantenerse elevadas del suelo, protegían a sus usuarios de la humedad, los insectos y otros animales, además de facilitar un descanso más higiénico, propio de la vivienda indígena caribeña.
Técnicas constructivas que perduran
Las técnicas y materiales empleados en la construcción de bohíos y caneyes forman parte de un legado que aún pervive en la arquitectura vernácula dominicana.
Todavía hoy, en zonas rurales del país, es posible encontrar viviendas que conservan principios similares: uso de materiales naturales, ventilación cruzada y adaptación al entorno, herencia directa de la arquitectura prehispánica del Caribe.
Estas características se sustentan en las investigaciones del historiador y empresario dominicano Manuel A. García Arévalo, autor del libro Taínos, arte y sociedad, publicado por el Banco Popular Dominicano para el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón.
Arquitectura como patrimonio vivo
Desde esta perspectiva, la arquitectura emerge no solo como expresión material, sino como un lenguaje cultural profundamente vinculado a la organización y cosmovisión taína.
Los bohíos y caneyes no fueron simples refugios, sino espacios donde se construyó comunidad, se ejerció el poder y se transmitió la memoria colectiva. Mirar hoy hacia la arquitectura taína es reconocer que la historia sigue presente en nuestros paisajes y en la manera en que entendemos el acto de vivir juntos.
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